Nacida y criada bajo el mismo techo durante
dieciséis años, y nada más que por la buena programación de la antigua
televisión: Animes.
Mi parte favorita de los días eran las
tardes. Lo divertido era el desespero
por llegar del colegio nada más que a ver justamente eso, animes. Lo triste era que estaba obligada a
hacer mis tareas primero, como cualquier niño.
Pero siempre podía dejar el televisor encendido y hacerlas en las pausas
comerciales. Y así estaba, de la cama frente al televisor a la mesa, hasta que
cambiaron los tiempos, aunque no mis gustos. La Televisión se había decidido
por lo trivial en horario estelar. Por ejemplo: Había un canal cuyo eslogan
decía que “si no tiene quien le cuide sus niños, nosotros lo hacemos”, eslogan
que ya no existe. Lo de ahora son cosas banales.
De mis mejores recuerdos de la infancia fue
la manera en la que conocí el Pase de Chilena: con Súper Campeones, serie que
amaba brutalmente. Donde estudiaba, en Educación Física nos ponían a jugar futbol, y me gustaba mucho. Tanto así que en una ocasión hice un gol pero
lo divertido de la historia es que sentía que lo había logrado por haber hecho el
pase de chilena, creo que era porque como la mayoría de las personas desprestigian
ese tipo de series, quería demostrarles que algo se aprendía de ellas.
Crecí un poco más y seguí queriendo el
anime. Y aunque pareciera que mi vida se hubiese basado en ella, nunca he sido
capaz de ver alguno completo.
De niña hacía lo que cualquier otra: esperar que mi papá me
trajera dulces por las tardes cuando llegara de trabajar, ver televisión, jugar
con barbies, molestar a mi mamá, ir al parque, ponerme los tatuajes temporales
que traían algunos caramelos y helados, recolectar tazos, elaborar mi carta
para el niño Jesús y esperar con desespero el día y ser feliz. Aunque no todo era felicidad. Era la niña
más… cruel del mundo, y rara. Creo que soy la única persona que no fue feliz con su primera bicicleta.
Estábamos primas y tíos reunidos, cuando en un momento fuimos al patio, muy
lejos del arbolito y casualmente mi papá y mi tío se habían perdido pero: ¿quién
se iba a dar cuenta? ¡Yo solo estaba esperando mi heladería mágica de Kreisel!
Pero no… era una bicicleta y si, lloré mucho porque “no era lo que quería”.
¡Qué desagradecida! Pero ni modo. Me fui a dormir triste y… amaneció. La
bicicleta seguía ahí pero ¿Qué iba a hacer? Montarme por primera vez en toda mi
vida en una bicicleta. Paulatinamente me despedí de las pequeñas rueditas que
tenía a los lados de las grandes y… era una profesional. Sí, me creo mucho. La
terminé queriendo.
Después… me enfermé (si, ya sé que me
dijeron que no escribiéramos de cosas sin importancia nuestras
enfermedades pero ¡fue mi primera cirugía! Eso no se olvida) de la mejor cosa
de la que se puede enfermar cualquier niño: de las amígdalas. Y lo escribo así
porque es una maravilla aunque te toque cirugía. La recuperación es alucinante:
¡No puedes comer cosas…duras! Puro helado ¡HELADO!, gelatina, helado, helado,
quesillo, yogurt, si… helado. Y compotas. AH, y helado. Para terminar de relatar el paraíso, la mejor
parte: No estaba yendo a clases. Estaba de reposo, pobre de mí. No asistí en toda
una semana.
Luego de tanta felicidad: El error. Comí un
tequeño y mi mamá se dio cuenta de que ya podía comer cosas como todos. Vino la
parte de la tristeza… adiós helado. Hola bistec encebollado y comida normal.
Terminada esa parte de mi vida, las
secuelas: Faringitis. Me daba una
semana, sanaba, transcurrían dos meses, y me volvía a dar. Luego, pasaban
cuatro meses, después seis, hasta que no me dio más.
Como toda buena niña: tenía un álbum de
barajitas. El mío había venido en la Cadena Tricolor. Era del cuerpo humano.
Esperaba a mi papá todos los días con un pequeño frasco de pega y una tijera,
el me traía las barajitas. En ocasiones las recortábamos juntos. La cuestión
era que la persona que terminara por completo el álbum se llevaría los premios
más geniales (ya no recuerdo cuales eran), pero no gané, alguien se me
adelantó. Aunque le puse muchísimo empeño.
Sofía, la única hermana que tengo, que es un
año mayor que yo, comenzó obviamente el colegio primero. Estudiaba por
las tardes y yo, por supuesto, la veía irse… y lloraba. Quería ir también.
¡Quería ir al colegio! Soy anormal. El caso es que a mi papá no le tocó más que
inscribirme, pero como oyente. Asistía solo tres días a la semana y en
ocasiones también lloraba porque la profesora no me tomaba en cuenta, hasta que
tuve la edad suficiente y comencé a estudiar cómo se debía. Hacía lo normal de
cualquier preescolar: figuras con plastilina. Aún recuerdo algunas: Tazas,
gorritos, cestas… en fin. De primer nivel salté a tercero, lo cursé y luego,
para primer grado me cambiaron de colegio, y me tocó repetir tercer nivel. No
pude terminar los números hasta el cincuenta. Creo que me entretenía demasiado
con la plastilina. Y así pasó el tiempo. El día que hicieron un paseo al museo
de los niños no pude ir ¡tenía faringitis!
De pequeña siempre hubo algo que siempre quise: Montar una tienda negocio.
Y no se me hace mala idea, de hecho, aún quisiera lograrlo. Sería como cumplir
mi sueño de la infancia. Estaría muy bonito. Una tienda de esas que tienen
varios pisos y en cada uno se vende algo distinto.
En tercer grado gané mi primera y única
medalla de honor al merito. Toda una celebridad. Después estaba en cuarto,
luego en quinto siendo ese el único grado en el que no recuerdo que profesora
tenía… y después en sexto. Ahora es que me doy cuenta de que pude haber creado
una persona escala real con plastilina, aprovechando mi amor por ella y fingir
que era mi profesora de sexto grado, y torturarla (es broma). Con eso de que la
recuerdo bastante bien… y con odio. Me atrevo a afirmar que fue la peor
profesora que he tenido (haciéndole competencia al de matemáticas en noveno
grado) porque siempre comparaba todo lo que hacía, desde mis tareas hasta mi
comportamiento con el de mi hermana. Le había dado clases, que suerte tengo.
Aunque en cierta parte la comprendo, debe ser difícil entender que dos personas son dos personas
aunque sean familia. Como sea, si me la llego a encontrar no la saludo.
Ahora, la cuestión con el profesor de
matemáticas es que era otro que criticaba mi comportamiento, en lugar de… dar
clases. Siempre he pensado que un profesor real, respetable, entra al aula,
saluda, da clases, repite si alguien no entendió, y se despide. Pero este profesor de matemáticas en
ocasiones disponía sus horas de clase a hablar únicamente de las cosas que veía
en el recreo. Que si alguien se estaba besando, abrazando, o hablando. Que si
estaban discutiendo, que si esto, o lo otro. Aunque no era tan malo. No veíamos
clase, solo lo escuchábamos sus historias o fingíamos hacerlo.
Nunca me agradó ese hombre, ni yo a él. Le
gustaba burlarse de los defectos de las personas en su cara. A mí me reprochaba
lo impertinente y lo impulsiva cosa que es cierta, admito pero ¿a el que le
importa? De una de mis compañeras se burlaba de su manera de caminar, y de
otra, que era mi amiga, de sus lentes con bastante aumento. Y como buena amiga,
la defendí y como por supuesto lo dejé mal, buscó la manera de dejarme mal a mí
tratando de ponerme en contra de ella, ¿eso no es tonto? Por eso era que no lo
soportaba pero luego me gradué y fui feliz porque no tendría que volver a verle
la cara, aunque para mi mala suerte, fue el padrino de la graduación. Que
desastre. Hice todo lo posible para que no lo fuera, como lograr que se
hicieran otras votaciones (si, había ganado por votación, y nunca entenderé
como) y esa vez no ganó, pero había una compañera que lo adoraba demasiado por
lo que hizo trampa y no sirvió de nada mi esfuerzo. Fue el padrino. Practiqué
mi sonrisa bastante para la foto de recuerdo. Y vaya recuerdo. La foto de por
vida con el profesor que mas odié en mi etapa de chemise azul.
Estuve en ese liceo desde la segunda vez que
cursé tercer nivel hasta tercer año. Era un liceo bonito: Salía al portón de mi
casa y a las 6:00 am estaba el transporte que me llevaba, y luego, al mediodía
me traía de regreso hasta el portón. Pero no era a mi sola, así era/es con
todos los que estudian ahí. Yo no sabía nada de estar en la calle, no tenía ni idea de lo que significaba tomar
el metro y el autobús yo sola, pero siempre hay una primera vez para todo
(frase cliché) y así fue.
Cambié de liceo y a uno que queda muy lejos
de donde vivo, pero creo que me adapté y no fue tan difícil como llegué a
pensar, aunque claro, la comodidad de que te lleven y traigan a algún lado
desde la puerta de tu casa no se compara con nada.
En cuanto a las cosas que me gustan: El
gore. Todo empezó con un anime que vi justamente de esa categoría y el álbum de
barajitas que mencioné antes. Luego, con un fragmento de hostel que vi en casa
de un tío, además de series y documentales en la que muestran casos médicos, transformándose
todo a una cosa: Medicina, que es lo que espero estudiar en la universidad. Y
no puedo dejar de mencionar todas las cosas a las que pensé dedicarme antes de
eso: Actuación, modelaje, y música… cuando estaba pequeña. Hasta fui a un
programa como a los 6 años de esos a los que asisten exclusivamente niños a
bailar, pintar o lo que quisieran. Yo bailé una canción de la factoría, pero ya
no recuerdo cual era. En fin, también pasaron por mi mente cosas un poco más
normales como: Derecho, Geología y Psicología criminalista, aunque Derecho aún
no está totalmente descartado.
Por otro lado, siempre he pensado que la
cosa más genial, alucinante, y asombrosa del mundo tiene que ser sostener algún
órgano humano mientras te lo imaginas dentro de ti cumpliendo sus funciones.
Hermoso.
Aún no sé qué especialidad tomar si estudio
medicina, y tampoco estoy apresurada por decidirlo. Aparte de que falta un
montón, no tengo el promedio suficiente… por ahora. Aún me queda algo de tiempo
para cambiar eso así que esperanzas, aún vivas. De estudiar medicina estaría
bien estar algún tiempo en emergencias, dicen que ahí se ve la mejor parte de
esa carrera. Y así, ir trabajando hasta reunir el suficiente dinero para tener
mi propio consultorio en algún buen lugar, y escribo buen lugar porque muchas
veces algo puede ser muy bueno, pero si no está ubicado en el lugar adecuado,
fracasa. Luego de eso… no sé. Lo normal: matrimonio, hijos, muerte. Porque a la
final de eso se trata todo esto, nacer, estudiar para llegar a la universidad,
llegar a la universidad para conseguir un buen empleo, conseguir un buen empleo
para conseguir buen dinero y morir. Con sus respectivas pausas para reír pero…
eso es todo.
“La vida tiene un lento suicidio. Sueños
ortodoxos y mitos simbólicos. De siervo feudal a derrochador. Este maravilloso
mundo de poder adquisitivo. Conduce lejos y es lo mismo, en todas partes
estarás condenado a la muerte” Me gusta mucho eso, sobre todo porque así veo
todo esto y es de Manic Street Preachers, de mis bandas favoritas, por cierto.
En cuanto a mis creencias religiosas, es
gracioso. Estoy en eso que muchos llaman “la etapa previa al ateísmo”: El
Agnosticismo. Aunque yo no lo veo así, sino como una postura de aquellos que
consideran que el conocimiento sobre la existencia de Dioses no se ha logrado y
que no se logrará, pero viéndolo como algo irrelevante. No es una parte
esencial de la condición humana.
Después de haber escrito todo lo
anterior… llega la parte de bloqueo
mental y apenas llevo cinco hojas. Tres
veces golpeé mi cabeza contra el teclado y no se escribió nada. Ni
siquiera un montón de letras sin sentido o un comando extraño que le cambiara el
idioma a mi computadora o hiciera que explotara.
Se supone que todo esto es sobre mi pero… nunca me había detenido a
pensar tanto en eso y es gracioso porque me doy cuenta de que soy la cosa mas
común en el mundo. La adolescente típica que descarga mucha música, ve
television, adora los Doritos y Saw además de ser de las que se contentan
cuando planes que tienen que ver con ella misma se cancelan. Soy aburrida mas
bien. Soy común. Calificaciones regulares y altas expectativas para el futuro
pero… ¿eso que? He conocido gente que no hizo nada de joven, solo disfrutar y
luego consiguieron un buen socio, un buen negocio y eso fue todo. No
necesitaron desgastarse como unos enfermos pero… está bien, ellos tuvieron
suerte.
Yo lo único que quiero es viajar por toda Venezuela con un perro que no
se muera nunca, y después, por todo el mundo. Con mucho efectivo en un malaetín
y cheques con muchos ceros por cobrar sin saber de donde salieron. ¡ESPEREN!...
de la herencia. Claro. Ahora que lo pienso, así es como se resuelven la vida
muchas personas, quizas por eso no tienen que esforzarse tanto de jovenes…
quizas de ahí sale esa gente que mencioné antes
que con el socio y el negocio están resueltos y… ahora que lo pienso mejor,
quizás de eso se trata todo esto, de un lento ascenso tras generaciones. Si nuestra ascendencia no logró lo suficiente
para que nosotros resolvamos solo con un buen socio, nosotros tenemos que
lograr que nuestra descencia lo logre. Yo por lo menos, como ya mencioné, solo quiero
viajar mucho. Quisiera, como buena sagitariana… (recuerdo salvaje aparece):
- · Soy Sagitario, que probablemente diga de mí mucho más de lo que necesitan saber.
- · Sí, nos dice que participas en el delirio cultural en masa de que la aparente posición relativa del sol, los planetas y constelaciones arbitrariamente definidas a la hora de tu nacimiento de algún modo afecta tu personalidad.
Eso es
de una serie. Me gusta mucho, es tan cierto… también me estoy acordando del
nuevo signo Ofiuco. ¿Eso significa que las personas que pasarán a ser…ofiucanos
también pasarán a tener otra personalidad? Interesante. Hasta existen personas
que coordinan su embarazo para que el parto sea en la fecha del signo que
quieren que sea su niño/niña, insólito. Yo no lo haría. A mí la verdad cuando alguien me pregunta mi
signo, automáticamente, sé que no somos incompatibles.
El caso es que parece que estaría muy bonito
dedicar parte de mi vida a conocer a
Venezuela, luego de haber conseguido mi título universitario y haber reunido el
suficiente dinero para poder llevarlo a cabo, evidentemente. Crear mi propia
familia vendrá después, mucho después. Siempre me ha parecido que primero hay
que conocer el lugar donde naciste y después mirar para otros lados. Es como
los que se la pasan pendientes de un Real Madrid Vs Barcelona en lugar de un
Caracas FC vs Trujillanos FC.
No quiero ser de esas mujeres que se casaron
muy jóvenes, o sin haber disfrutado lo suficiente y que dedicaron más de la
mitad de sus vidas a… ser amas de casa.
Escribiendo más del futuro: Tal vez viva con un loco por un año
mientras trabajo en un restaurante lavando platos. Con el tiempo subiré de
puesto en el restaurante y podré hacer sopas o las ensaladas. Tal vez tengamos un gato y lo sacaremos a pasear los jueves.
Decoraré mi pequeña casa como siempre quise y no me va a gustar cuando tenga 70
años.
Mi
primer hijo va a ser niño y jamás le compraré ropa estampada ni gelatina para
el cabello. No le compraré ropa que todos usen, ropa a la moda. Aprenderá a
tener su propio estilo, criterio propio y no dejarse influenciar por nadie. Si
alguna vez llega del preescolar o del colegio diciéndome que alguien lo golpeó,
le diré que la próxima vez lo golpee también. Le cortaré el cabello cuando sea
estrictamente necesario: cuando le cubra los ojos. Jamás le compraré pulseras,
ni acondicionador para el cabello. Mientras esté en la cuna le pondré
melodeath. Mi mejor consejo para el siempre será que ignore los comentarios
negativos que las demás personas hagan de él.
Sufrirá con mis regaños si alguna vez se le ocurre decirme que se quiere
pintar el cabello o usar zarcillos, ¡o depilarse! Nunca jugará con muñecas,
pero no por el estereotipo de que los niños no juegan con barbies, sino que desde pequeño
aprenderá que con las mujeres no se juega. Le propondré tocar algún instrumento
y practicar deportes, será su elección. Trataré de que me tenga la confianza
suficiente para que me cuente sus problemas con las chicas y poder ayudarlo. Cuando
esté pequeño yo seré quien lo despierte para ir al colegio. Nunca le compraré
el último teléfono, el de moda mientras esté pequeño; aprenderá que puede hacer
lo mismo con uno de menos tecnología sin creerse más que los demás. Jamás le
diré que no sufra por una mujer porque “hay muchas más afuera”. Aprenderá a
valorar más lo tiene que lo que podría. Lo aconsejaré para que elija la mejor
carrera, pero será su elección, obviamente. Tendrá una computadora en su cuarto
para él solo con conexión a Internet. No lo regañaré cuando su cuarto esté
desordenado porque su mamá sabe lo desagradable que es. Si después de todo
decide llegar un día a mi mecedora donde me encuentro sentada con mi perro que
no se muere nunca a decirme que es homosexual no me importará, porque sigue siendo
mi mejor opción para un trasplante de riñón ¡ES BROMA! Lo querré igual, como a
su hermana que nació luego. A la que le enseñé a jugar con su cabello, a
atreverse a hacerle de todo. Y a la que también le ponía melodeath desde que
estaba en la cuna, y a ella si le diré que no sufra por ningún hombre porque
“hay muchos más afuera”. Y luego… yo muero y ellos siguen viviendo, tienen
hijos, luego son abuelos, luego bisabuelos, y así.
Preferiría
morir atropellada por el Pas de Quatre del Lago de los Cisnes, y no asfixiada
por palabras que nunca me atreví a
decir.
¿Te imaginas? Ir a la tienda y que justo al cruzar la última calle cuatro hermosas mujeres bailando me atropellen. De izquierda a derecha, de derecha a izquierda, saltando, clavándome las puntas de sus zapatillas en los ojos, el pecho, el estómago, barriendo conmigo la calle. La gente se acerca asustada, aplaude, le lanza rosas a las bailarinas, lloran, se van y yo me quedo.
¡Ñam! Pero morí rápido. Es más, ya venía muerta. Estaba mal porque me había dado cuenta de que ya no tenía edad suficiente para seguir ejerciendo mi profesión. Ya sabía cómo funcionaba cada órgano de mi cuerpo, cada parte. Estaba cansada de sostener órganos e imaginármelos dentro de mi funcionando… ya no tenía sentido. Era aburrido. Ya había viajado demasiado, se me habían acabo los lugares para visitar. Solo me quedaban los bancos para ir a cobrar mi pensión. Venía de recoger unos exámenes que me habían practicado, y yo misma los había leído y obviamente estaba en capacidad de diagnosticarme. Tenía osteoporosis. Ya ni siquiera tenía sentido escribir algo, igual nadie entendía mi letra, era muy fea, como la de todo medico respetable. Y ¡Mi perro se había muerto! Y se suponía que no lo haría nunca.
¿Te imaginas? Ir a la tienda y que justo al cruzar la última calle cuatro hermosas mujeres bailando me atropellen. De izquierda a derecha, de derecha a izquierda, saltando, clavándome las puntas de sus zapatillas en los ojos, el pecho, el estómago, barriendo conmigo la calle. La gente se acerca asustada, aplaude, le lanza rosas a las bailarinas, lloran, se van y yo me quedo.
¡Ñam! Pero morí rápido. Es más, ya venía muerta. Estaba mal porque me había dado cuenta de que ya no tenía edad suficiente para seguir ejerciendo mi profesión. Ya sabía cómo funcionaba cada órgano de mi cuerpo, cada parte. Estaba cansada de sostener órganos e imaginármelos dentro de mi funcionando… ya no tenía sentido. Era aburrido. Ya había viajado demasiado, se me habían acabo los lugares para visitar. Solo me quedaban los bancos para ir a cobrar mi pensión. Venía de recoger unos exámenes que me habían practicado, y yo misma los había leído y obviamente estaba en capacidad de diagnosticarme. Tenía osteoporosis. Ya ni siquiera tenía sentido escribir algo, igual nadie entendía mi letra, era muy fea, como la de todo medico respetable. Y ¡Mi perro se había muerto! Y se suponía que no lo haría nunca.
Mi
esposo, con el que me casé a los 29 años, y solo por civil ya se había muerto,
y antes de poder cobrar la pensión. Ya saben, a las mujeres nos permiten
cobrarla antes, y eso que ellos estadísticamente se mueren primero.
Ya había
cumplido todo lo que me había propuesto hacer en la vida. Ya hasta tenía mis
nietos, pero no quería ser una de esas abuelitas que tejen suéteres, que les
dan dinero a los nietos sin que los papás se enteren, y hacen galletas con
chispas de chocolate. Solo me la pasaba con un vestido que me llegaba a las rodillas, con la caja de pastillas para la tensión
en un bolsillo, un suéter, unas pantuflas, y el cabello todo blanco. Como mi
abuela que ya había pasado por esto. Sonreía de vez en cuanto aunque sin
dienticos, y me costaba caminar por la enfermedad, la osteosporsis y usaba un
bastón “pata de gallina”.
Por
alguna razón me acordé de Shakira y de todo lo que me gustaba cuando estaba más
joven. Pero la Shakira hippie, que no se bañaba, que tenía unas letras increíbles y guitarra
acústica. Nunca pensé que me acordaría de ella justamente en esos momentos de
mi vida. Pero creo que era porque estaba
recordando cómo era el mundo antes y en lo que se convirtió.
El reggaetón se había mundializado… o algo
así. Ya todo el mundo lo escuchaba, en todos los continentes. Picnik estaba de
regreso y todos editaban sus fotos con él. ¡Y había logrado derribar a
Photoshop y a otros programas que habían nacido, hasta a una impresora que imprimía fotos Gif!
Nadie recordaba a Nirvana, esa parte si fue buena, aunque tampoco a Biffy
Clyro. La ley S.O.P.A se había creado, finalmente, y en todos los países. Había
vuelto la costumbre de coleccionar discos y ponerlos todos en un estante, como
libros. Ya no existía el cine 3D, solo el 2D y el teatro. Y, por otro lado, los
hispanos ya no se tatuaban cosas en Ingles para parecer interesantes.
Suramérica se había vuelto una potencia, y eran los gringos los que nos debían
mucho dinero. Nos tenían miedo porque podíamos atacarlos en cualquier momento y
no tendrían nada para defenderse. Y la propiedad privada en Venezuela se
respetaba, por lo que estaba contenta. Había logrado cumplir mi sueño de la
infancia: La tienda negocio. Tenía algo que dejarle a mis hijos. También estaba
recordando a mis compañeros del bachillerato. Me estaba preguntando qué había
ocurrido con sus vidas. Cuantos hijos habían tenido, si se habían casado, si
les había ido mejor que a mi…
Luego,
vino otro recuerdo salvaje a mi mente. Esta vez era una sola persona en
especial, alguien importante… no era cualquier cosa. Alguien que estuvo en mi
lista de “personas que me inspiran” en Facebook por mucho tiempo: Nick Vujicic.
Aunque estoy segura de que si le hubiesen ofrecido una forma de suicidio rápida
e indolora la tomaría, pero no puede. Se convenció de que la vida es bella y
todo es superable pero a la final es una persona que fue exhibida por morbo
para generar marketing, aprovechándose de su miseria. Hasta lo de Maickel Melamed.
De igual forma, se vino a mi mente una de las palabras de Nick que había
escuchado hace mucho tiempo (Un año antes de estar imaginando en qué pensaría
cuando estuviera a punto de morir): “¿Qué haces cuando te caes? Levantarte.
Todo el mundo sabe levantarse. Pero lo que quiero decir es que a veces, en la
vida, cuando uno se cae, se puede llegar a sentir que no se tienen fuerzas para
levantarse de nuevo ¿crees que tienes esperanza? Porque fíjate, estoy aquí
abajo, boca abajo (se había lanzado al piso) y no tengo brazos ni piernas.
Debería ser imposible que me levantara pero no es así. Verán, intentaré
levantarme 100 veces y si vuelvo a caerme las 100 veces, si fracaso y me doy
por vencido ¿crees que así podre levantarme? No. Si fracaso lo volveré a
intentar, otra vez y otra vez, pero solo quiero que sepan que no es el fin. Lo
que importa es cómo vas a terminar. ¿Vas a terminar siendo fuere? Y así
encontrarás la fuerza para levantarte. Así…” y en esa parte se levantó del suelo,
y de una manera muy dramática con su cabeza.
Todas las personas deberían ver ese video,
aunque esté trillado lo de “caerse y volverse a levantar”, es distinto cuando
lo ves en Nick. Pero, cuando me di cuenta de eso, de que la vida es meta tras meta,
propósito tras propósito, una de las bailarinas sacó otra zapatilla para
clavármela y eso fue todo.
Mientras
piensas en lo que tienes, el tiempo sigue transcurriendo y luego no pudiste ni
seguir pensando ni hacer algo, por eso, cuando llegue ese momento, espero estar
totalmente satisfecha con lo que logré hacer, como dice Tuck Everlasting: “No
le temas a la muerte, sino a una vida mal vivida”.
Terminé.
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